Arbitro que huye…

Los árbitros de football en los años 20 no se parecían mucho a los actuales. Su vestimenta pintoresca hoy nos causa cierta gracia y el cumplimiento de su función durante el amateurismo llegó a ser peligrosa, cuando la invasión de la cancha por parte del público (separado en los primeros tiempos por sólo un alambre perimetral), seguida de intento (muchas veces concretado) de agresión, era moneda corriente.

En oportunidades, el público asistente no tenía conocimiento de las Reglas del Fútbol y se veía perjudicado por sus fallos, cuando en realidad no lo era. Otras veces eran ya las “barras” organizadas, que respondían a “pundonorosos” Dirigentes, las que provocaban los desmanes.
La cancha de Blandengues y el arroyo Medrano era un reducto lejano, donde sólo los “valientes” se acercaban por aquellos tiempos y donde llevarse un triunfo, era un hecho celebrado. En el Libro “Defensores de Primera”, he contado infinidad de incidentes ocurridos durante esos tiempos en el Bajo Núñez.

En uno de los torneos amateuristas, Defensores hizo las veces de local en su field frente al poderoso Banfield, que provenía de la Asociación Argentina con varios pergaminos importantes (fue ganador de la Copa de Honor, primer título Oficial de ese Club en Primera, y de ser Sub Campeón del Torneo de Liga, detrás de Boca Juniors).

Se puso en ventaja el local por intermedio de Julio Bissio (aquel famoso insider que brillaría luego en Platense, Boca Juniors y Estudiantil Porteño y al que Gerardo Caldas consideraba por entonces, el mejor en su puesto).

Faltando muy poco para terminar el partido, el árbitro cobró penal a favor de la visita, por una infracción que para la totalidad de los cronistas presentes en la cancha había sido clara. Pero segundos después, tras la reacción del público local y el asombro general, se arrepintió, lo que dio lugar a numerosas protestas por parte del público y dirigentes visitantes.

Consultado el juez (que no era una de los más conocidos y no dirigió muchos partidos más) por los periodistas y Dirigentes de Banfield en la Casilla (lo que hoy llamaríamos vestuario) sobre los motivos de su cambio de opinión, respondió sin ningún tipo de tapujos: “Que quiere, que esos energúmenos me maten”.

Bueno, habría que ponerse en la carne del pobre hombre aquel, que en la soledad más absoluta, debía enfrentar la ira de las muchedumbres enardecidas. De más está decir que jugar de visitante siempre era peligroso y cuanto más lejana la cancha peor. En realidad, ser árbitro era cosa de hombres, para decirlo en un idioma que todos entiendan.

Por Javier Bava

  • defeweb

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